2035
por Julio Rojas
Esta columna trabaja sobre escenarios futuros que se reconfiguran a partir de fundamentos visibles del presente. Hablar de IA hoy es describir el presente. Acá se cultiva otra cosa: el horizonte de posibilidades que germina en lo que ya está pasando y madura dentro de algunos años.
El futuro llega cada vez más rápido. Durante décadas operó como un concepto abstracto, con ventanas de 50 o 100 años para que los horizontes imaginados por la ciencia ficción y la ciencia de frontera terminaran de cuajar. Hoy esa ventana se acorta. Esta columna es un viaje en el tiempo para develar qué sucede cuando las semillas plantadas en este momento alcanzan su madurez.
ROBOTS 2035
En 2035 los robots humanoides trabajan en serio: en bodegas, fábricas, campos, cuidado de adultos mayores. Cuestan lo suficientemente poco para que una empresa los compre y recupere la inversión en menos de dos años, comparado con contratar a una persona. Producen valor y reciben mantenimiento en lugar de sueldo. Toda la lógica financiera y tributaria construida alrededor del trabajo humano empieza a resquebrajarse.
Tres futuros posibles
1.El robot como inversión bursátil
Wall Street descubre algo simple: un robot que trabaja veinte horas al día genera flujos más predecibles que un edificio de oficinas. Los bancos empaquetan flotas de robots como fondos inmobiliarios y los listan en la bolsa. Puedes comprar acciones de "1.000 robots cosechando uvas en Mendoza" igual que hoy alguien compras acciones de un retail.
Qué pasa con la plata: los dueños de robots concentran riqueza. Los sueldos de los trabajos reemplazados caen o desaparecen. Los galpones industriales con robots valen el triple que los galpones con turnos humanos.
El problema: la gente sin empleo accede a lo que los robots producen solo mediante deuda. La escena recuerda el 2008, agravada: ahora hay menos trabajo de respaldo.
2. Los gobiernos se quedan sin plata
El Estado se financia principalmente con impuestos al trabajo: aportes a AFP, a salud, descuentos del sueldo. Cuando los robots reemplazan trabajadores, esa recaudación se evapora. Alemania, Japón e Italia, con pirámides poblacionales envejecidas, sienten el hueco primero. Chile entra después: la minería del cobre y del litio, cada vez más automatizada, paga royalties y deja de pagar cotizaciones previsionales.
Qué pasa con la plata: los países que logran cobrar impuestos a los robots se mantienen estables. Los demás ven subir el costo de su deuda y debilitarse su moneda. Las AFP, en una vuelta irónica, terminan invirtiendo en empresas dueñas de robots: el ahorro de los trabajadores financia las máquinas que reemplazaron a sus hijos.
El problema: es una crisis fiscal silenciosa y políticamente explosiva. Explicarle a alguien que cotizó cuarenta años que su pensión depende de cuántos robots trabajen abre una grieta política profunda.
3. La energía se convierte en la nueva plata
Acá está el giro más interesante. Cuando los robots son baratos y abundantes, el bien escaso cambia de naturaleza: la electricidad para moverlos y la capacidad de cómputo para que piensen pasan a ser el activo crítico. El valor se traslada hacia quien tiene electricidad barata y abundante.De repente, lugares como Atacama (sol infinito), Paraguay (Itaipú), Islandia, Quebec y los Emiratos Árabes se convierten en los nuevos centros del poder financiero. Su capital son los megavatios.
Qué pasa con la plata: los contratos de electricidad a veinte años pasan a ser el activo más codiciado del planeta, por encima de los bonos del Tesoro estadounidense. Las empresas con energía propia valen varias veces más que las que dependen de la red. Las grandes nubes de cómputo (Microsoft, Google, Amazon) operan como bancos centrales del nuevo sistema.
El problema: el poder se concentra en países con suerte geográfica. Un apagón regional se transforma en una crisis financiera global.
Cuando los robots hacen el trabajo físico, el valor se desplaza hacia lo que el robot necesita para funcionar: electricidad real, fluyendo por cables reales, hacia máquinas reales.
El activo más resiliente de 2035: un contrato largo de electricidad firme, conectado a una red estable, idealmente con generación propia (solar, hidroeléctrica, eólica). La tierra agrícola y los bienes raíces productivos siguen siendo buenos. El rey nuevo es el megavatio garantizado. O dicho de otra forma en 2035, quien controla el enchufe controla la economía.
Pero el gran problema es el desplazamiento humano. La automatización aprieta a la clase media profesional y a la clase trabajadora industrial contra el mismo enemigo abstracto, y produce una coalición neoludita transversal: partidos tecno-críticos con representación parlamentaria, sabotaje sistemático a infraestructura robotizada y redes de consumo certificado "Hecho por Humanos". Frente a esto regresa el Estado protector con tres herramientas concretas: impuesto al robot, fondo soberano del megavatio al estilo noruego adaptado al nuevo activo escaso, y renta básica financiada por un impuesto al volumen de cómputo. Algunos gobiernos llegan a tiempo y conservan cohesión social, otros llegan tarde y enfrentan una década de inestabilidad.
Nota: esto es solo un escenario de prospectiva especulativa. Léelo como si fuera ciencia ficción.